Esto ya lo trabajé (pero aún me duele, gracias por preguntar)
Hay una trampa muy sutil en esto de conocerse.
Y es pensar que una vez que entiendes algo, deja de doler.
Como si comprender la raíz del problema desactivara automáticamente sus efectos.
Como si la conciencia fuera un antídoto infalible contra el dolor.
Pero no siempre es así.
De hecho, casi nunca lo es.
Puedes haber comprendido el abandono.
Puedes haber visto con claridad que no te estaban eligiendo.
Puedes saber que mamá no te miró como necesitabas porque a ella tampoco la miraron.
Puedes entender que papá no sabía cómo estar emocionalmente presente, porque nadie se lo enseñó.
Y aún así… duele.
A veces más suave, sí.
Otras, sin motivo aparente.
Aparece en un gesto, en un olor, en una canción de fondo.
Y vuelve. No como antes, pero vuelve.
Y entonces te preguntas, casi con vergüenza:
“¿Esto no estaba ya superado?”
La respuesta no es sencilla, pero es importante:
sí, lo has trabajado… pero eso no significa que haya dejado de doler.
Porque el cuerpo tiene su propio lenguaje.
Y la memoria emocional no sigue el calendario de tu proceso terapéutico.
Las heridas que han marcado etapas de tu vida no desaparecen porque las entiendas.
Y el dolor no caduca porque tengas recursos para sostenerlo.
Hay partes de ti que aún no saben que hoy estás a salvo.
Y no lo saben porque se grabaron en un momento en el que no había opciones, ni adultos disponibles, ni lenguaje emocional.
Solo una necesidad que no fue vista.
Y esas partes, que no son irracionales ni inmaduras, solo necesitan lo que no tuvieron en su momento:
presencia.
No explicaciones.
No soluciones.
Presencia real.
Quedarte contigo, también cuando no entiendes por qué te estás sintiendo así.
Eso también es volver a ti.
No se trata de deshacerte del dolor.
Se trata de no exiliarte cada vez que aparece.
De acompañarte, sin prisa, en el ritmo natural del proceso.
Porque el proceso no es lineal.
Es circular.
Y cada vuelta es una capa más profunda.
No es repetir. Es ahondar.
No es que estés estancad@.
Es que el camino no es una autopista.
Es una espiral que a veces te lleva por paisajes que ya conoces… pero tú ya no eres la misma.
Si algo en ti duele, aunque ya lo entiendas, no te culpes por sentir.
No lo conviertas en un examen que debes aprobar.
Siente. Respira. Quédate.
Estás en el camino.
Y aunque no siempre lo parezca, estás avanzando.
Porque esta vez, no estás huyendo. Esta vez, estás contigo.
Un pequeño gesto para volver a ti
Si algo de lo que has leído hoy te ha resonado, te propongo una práctica muy sencilla. No para cambiar lo que sientes, sino para estar contigo de una forma distinta mientras lo sientes.
Ejercicio – “El lugar que duele”
- Busca un espacio tranquilo. No necesitas música, ni velas, ni nada especial. Solo un momento para ti, sin interrupciones.
- Cierra los ojos y lleva la atención al cuerpo.
No te esfuerces. Solo observa: ¿hay alguna parte donde se sienta el malestar de hoy? Puede ser una opresión en el pecho, un vacío en el estómago, una tensión en la mandíbula. - Pon la mano suavemente sobre ese lugar.
Y sin intentar cambiar nada, solo di para dentro, como si hablaras con esa parte:
“Ya sé que estás ahí.”
“No vengo a quitarte.”
“Solo quiero acompañarte un rato.” - Quédate ahí unos minutos.
No hay que llegar a ninguna conclusión.
Solo respirar, sin juicio, sin prisa.
Luego puedes abrir los ojos.
Y si te nace, escribir lo que sentiste o simplemente agradecerte por haberte acompañado.
Este tipo de gesto, por pequeño que parezca, es una forma de volver a ti sin exigencia.
A veces eso basta: no huir de lo que sientes.
Y si no basta, no pasa nada.
Porque no estás aquí para hacerlo perfecto.
Estás aquí para estar contigo.
Y eso, aunque a veces duela, también es Amor Propio.
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Hola, soy Laura Poveda, terapeuta emocional y sistémica. En Vitaminízate, mi newsletter, comparto contenido de valor y herramientas prácticas para ayudarte a reconectar contigo mism@, superar la dependencia emocional y cultivar tu amor propio.
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