El dolor que va más allá de lo físico
Lo que nadie te cuenta de las heridas es que, más allá del dolor físico o emocional, existe un proceso profundo y silencioso que casi todos enfrentamos, pero pocos comprendemos a fondo. Las heridas, ya sean causadas por la pérdida, el rechazo, la traición, o cualquier otra experiencia dolorosa, llevan consigo mucho más que el sufrimiento inmediato. Son como cicatrices invisibles que se alojan en nuestro ser, marcando no solo lo que nos ocurrió, sino también lo que nunca fue.
Nadie nos dice que parte de sanar implica hacer duelo por una vida que no tuvimos. Por el amor que no nos dieron cuando más lo necesitábamos, por las oportunidades que se desvanecieron, por el tiempo que dejamos ir. Cada una de estas heridas nos exige enfrentarnos a una realidad difícil: la de soltar lo que pudo haber sido. Y eso duele, porque es renunciar a las ilusiones, a las esperanzas, a los “qué hubiera pasado si…”.
La mayoría de nosotros, en lugar de enfrentar estos duelos, preferimos enterrarlos. Nos volvemos maestros en la evasión y la supresión, construyendo muros alrededor de nuestras emociones para no tener que sentirlas.
Las consecuencias de la evasión
La mayoría de nosotros, en lugar de enfrentar estos duelos, preferimos enterrarlos. Nos volvemos maestros en la evasión y la supresión, construyendo muros alrededor de nuestras emociones para no tener que sentirlas. Nos disociamos de ese dolor tan profundo que, de alguna manera, sabemos que está ahí, pero que evitamos con todas nuestras fuerzas. Y así, sin darnos cuenta, quedamos atrapados en un duelo perpetuo, estancados en una especie de limbo emocional. Entramos en modo supervivencia.
Las consecuencias de la evasión
La mayoría de nosotros, en lugar de enfrentar estos duelos, preferimos enterrarlos. Nos volvemos maestros en la evasión y la supresión, construyendo muros alrededor de nuestras emociones para no tener que sentirlas. Nos disociamos de ese dolor tan profundo que, de alguna manera, sabemos que está ahí, pero que evitamos con todas nuestras fuerzas. Y así, sin darnos cuenta, quedamos atrapados en un duelo perpetuo, estancados en una especie de limbo emocional. Entramos en modo supervivencia.
Vivir en modo supervivencia
Estar en modo supervivencia puede verse de muchas maneras. A veces es la depresión que nos impide disfrutar de la vida, otras veces es la desconexión emocional que nos hace sentir como si estuviéramos viviendo en una burbuja, separados del mundo y de nosotros mismos. Puede manifestarse como un estancamiento en nuestras relaciones, incapaces de crear vínculos profundos porque el miedo a ser heridos nuevamente nos paraliza. Este estado de supervivencia es uno de los trabajos emocionales más difíciles que enfrentamos como seres humanos. Requiere una valentía inmensa reconocer que, para salir de ahí, tenemos que enfrentarnos a todo lo que hemos estado evitando.
Pero, por más difícil que sea, esta es la única forma de curarnos. Porque, sin ese duelo, esas heridas no se cierran. Se quedan con nosotros, contaminando nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra esencia. Esas heridas no desaparecen, simplemente se transforman en una carga que llevamos a cuestas, afectando todo lo que hacemos, todo lo que somos.
El proceso de sanación comienza cuando empezamos a sentir todo aquello que antes nos resultaba insoportable. Es como si finalmente nos permitiéramos experimentar el dolor en su totalidad, sin escapar, sin disociarnos. Y, al hacerlo, descubrimos algo poderoso: la capacidad de darnos a nosotr@s mism@s lo que antes no recibimos. Empezamos a ser nuestros propios cuidadores, a ser compasiv@s con nosotros mismos, a priorizarse.
Darnos cuenta de todo ese dolor, empezar a dejarlo salir, y ver cómo poco a poco nos vamos dando lo que necesitamos es el verdadero signo de que estamos curando. Es un proceso, y cada pequeño paso cuenta. No podemos sanar lo que no somos capaces de ver. Y ver significa enfrentar, sentir, procesar. Significa estar dispuestos a dejar morir esas partes de nosotros que ya no nos sirven, esas partes heridas que nos han mantenido en modo supervivencia por tanto tiempo.
Este proceso es doloroso, sí, pero también es profundamente amoroso. Porque detrás de ese dolor está nuestra vitalidad, nuestras ganas de sentirnos vivos, de reír, de amar, de reconectarnos con la vida. Sanar no es fácil, pero es la única forma de volver a sentirnos completos, de reencontrarnos con nosotros mismos. Y aunque duele, ese dolor es el precio de recuperar nuestra plenitud, nuestra capacidad de sentir y de vivir plenamente. Es un proceso que nos devuelve a nosotros mismos, con todas nuestras cicatrices, pero también con toda nuestra fuerza y capacidad de amar.
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Hola, soy Laura Poveda, terapeuta emocional y sistémica. En Vitaminízate, mi newsletter, comparto contenido de valor y herramientas prácticas para ayudarte a reconectar contigo mism@, superar la dependencia emocional y cultivar tu amor propio.
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