Heredaste sus ojos. ¿Y su miedo?

constelaciones familiares, epigenética

«Tienes los ojos de tu abuela.»

Eso lo aceptamos sin discutir. Nadie se sorprende de heredar una cara, un tono de voz, una forma de reírse.

Lo que cuesta más aceptar es que también podamos heredar un nivel de alerta. Una forma de encogernos ante el conflicto. Una desconfianza de fondo que no aprendimos viviéndola nosotras, sino que ya vino instalada.

Yo tardé años en verlo así en mi propia historia. Y cuando empecé a estudiarlo en serio, descubrí que no era una intuición mía: es una de las áreas más activas de la biología actual, y tiene nombre propio, epigenética.

Genes que se apagan y se encienden según lo que vives

Piensa en tu ADN como una casa con miles de habitaciones. No puedes tirar paredes ni construir habitaciones nuevas: la estructura es fija. Pero sí puedes decidir qué puertas se quedan abiertas y cuáles cerradas con llave. Eso es, a grandes rasgos, lo que hace la epigenética: no reescribe tu genética, decide qué parte de ella se usa.

Y quién decide qué puertas se abren no eres tú, conscientemente. Es tu entorno: cuánto estrés hubo, cuánto cuidado recibiste, incluso qué vivió tu madre mientras te llevaba en el vientre.

El invierno que marcó generaciones

Hay un episodio histórico que ilustra esto mejor que cualquier explicación teórica. En 1944, en plena ocupación nazi, Holanda sufrió un bloqueo de alimentos brutal. La población llegó a subsistir con una ración diaria que rondaba las mil calorías. En medio de esa hambruna, miles de mujeres estaban embarazadas.

Décadas más tarde, la epidemióloga Tessa Roseboom, del centro médico Amsterdam UMC, empezó a localizar y estudiar a esos bebés, ya adultos mayores. Los resultados fueron contundentes: quienes habían estado gestándose durante la hambruna presentaban más diabetes, más enfermedad cardiovascular, y también más ansiedad y depresión que quienes no habían pasado por esa escasez, sobre todo si la exposición ocurrió en las primeras semanas del embarazo.

epigenética y herencia emocional - cómo se transmite el trauma generacional

Nada en la vida adulta de esas personas explicaba del todo esas diferencias. La explicación estaba en un ajuste que su cuerpo hizo mucho antes de nacer: ante la falta de alimento, el organismo se preparó para un entorno de escasez permanente. Ese ajuste se quedó fijado, incluso décadas después, viviendo ya en la abundancia.

El experimento que lo demostró paso a paso

Si el caso holandés muestra que algo así ocurre, un experimento en la Universidad McGill explica el cómo. Los investigadores Michael Meaney y Moshe Szyf trabajaron con crías de rata, observando algo tan cotidiano como el acicalamiento materno: unas madres lamían y cuidaban mucho a sus crías, otras apenas.

El hallazgo: las crías más cuidadas desarrollaron una regulación distinta de un gen implicado en la respuesta al cortisol, la hormona del estrés. De adultas, gestionaban las situaciones difíciles con mucha más calma que las crías con menos cuidado materno. La diferencia no estaba en los genes que tenían, sino en cuáles se habían «activado» a raíz del trato recibido en las primeras semanas de vida.

Dicho de otra forma: el afecto recibido al principio no es solo un recuerdo bonito o doloroso. Deja una configuración de fondo en cómo tu sistema nervioso interpreta el peligro el resto de tu vida.

¿Y el trauma también se transmite?

Aquí quiero ser especialmente cuidadosa, porque es un terreno delicado. La investigadora Rachel Yehuda, del Icahn School of Medicine en Mount Sinai, ha estudiado durante años a hijos de supervivientes del Holocausto, encontrando alteraciones en cómo regulan el cortisol, particularmente cuando fue la madre quien vivió el trauma.

Pero la propia Yehuda insiste en que esto no equivale a decir «heredaste el trauma de tu madre» como quien hereda un objeto. La vía exacta de transmisión entre generaciones humanas sigue siendo objeto de investigación activa, y está mucho mejor documentada en modelos animales que en personas. Lo que sí es sólido, tanto en su trabajo como en el estudio holandés, es que lo vivido antes de nacer y en los primeros cuidados deja una huella medible en la forma en que regulamos el estrés después.

Lo que esto cambia cuando estás delante de una persona en consulta

epigenética y herencia emocional - cómo se transmite el trauma generacional

Llevo esta información conmigo cada vez que alguien se sienta frente a mí y me dice: «no entiendo por qué reacciono así, si a mí no me pasó nada grave». Y muchas veces la respuesta no está en su biografía consciente. Está en un sistema nervioso que ya llegó configurado, con generaciones de estrés, de carencia o de cuidado detrás.

Esto cambia por completo el reproche interno. No es que tengas poca fuerza de voluntad. No es que «le des demasiadas vueltas a todo». Es que estás tratando de modificar, con la razón, algo que se instaló mucho antes de que tuvieras palabras para nombrarlo. Por eso, a menudo, no basta con pensarlo distinto. Hace falta un trabajo que llegue también al cuerpo y a la historia familiar, no solo a la mente. Ahí es donde entran el trabajo corporal, la mirada sistémica y las constelaciones.

Antes de seguir, para ya:

  • ¿Hay alguna reacción tuya que sientas más grande de lo que la situación merece?
  • ¿La reconoces en tu madre, en tu padre, en alguien de tu familia?
  • ¿Puedes nombrarla sin juzgarte, solo observarla?

No hace falta responder ya. Solo nombrarlo empieza a cambiar algo.

Lo heredado no es lo definitivo

La parte que más me reconcilia con toda esta información es esta: el propio equipo de Meaney demostró que intervenciones en la edad adulta pueden revertir, al menos parcialmente, esos patrones instalados en la infancia. La epigenética describe una tendencia, no una sentencia.

No naciste con un destino fijo. Naciste con un punto de partida. Y ese punto de partida se puede mover: con vínculos que sí sostienen, con terapia, con la decisión diaria de tratarte con el cuidado que quizá no tuviste al principio.

La próxima vez que una reacción tuya te resulte desproporcionada, prueba a preguntarte, sin prisa: ¿esto nació hoy, o llevo cargándolo desde antes de tener memoria? No necesitas la respuesta completa. Solo empezar a preguntártelo ya es un acto de amor propio.

 

Referencias

  • Roseboom, T. et al. — Cohort profile: the Dutch famine birth cohort, BMJ Open (2021)
  • Weaver, I. et al. — Epigenetic programming by maternal behavior, Nature Neuroscience (2004)
  • Yehuda, R. et al. — Holocaust Exposure Induced Intergenerational Effects on FKBP5 Methylation, Biological Psychiatry (2016)

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