Coherencia: esa cosa rara que pasa cuando no te mientes

Coherencia: esa cosa rara que pasa cuando no te mientes

A veces hablamos de amor propio como si fuera una lista de cosas por hacer: cuidarse, decir que no, hacerse un baño con sales, repetir frases bonitas.
Y no está mal, pero no es suficiente.

Porque hay algo mucho más profundo que eso.
Y es vivir en coherencia.

Cuando piensas una cosa, sientes otra y haces lo contrario, algo dentro de ti se desconecta.
No siempre se nota. Pero pesa.
El cuerpo se tensa. El alma se apaga un poco. Y la vida se vuelve ruido.

Coherencia no es hacer todo bien.
Es dejar de mentirte.
Es vivir desde donde estás, no desde donde “deberías” estar.

Hay un punto en la vida en el que una se cansa.
No de los demás. De una misma.

Cansa sostener versiones.
Cansa aparentar que todo está bien cuando por dentro hay ruido.
Cansa decir “sí, claro” mientras todo tu sistema nervioso grita “¡huye!”.

Y ese cansancio no lo cura ni un retiro en Bali ni el enésimo libro de autoayuda que promete revelarte “la mejor versión de ti misma”.
(A ver si lo dejamos claro de una vez: yo no quiero una versión nueva de mí. Quiero poder estar en paz con la que ya soy, con mis luces y mis mierdas.)

Y ahí entra la coherencia.
Esa palabra que no suena sexy, pero que es lo más honesto que existe.

Vivir en coherencia es hacerte un favor profundo: no mentirte.

Cuando lo que piensas, sientres y haces no se conocen entre si

Es cuando lo que piensas, lo que sientes y lo que haces dejan de ir cada uno por su lado como si no se conocieran.

Porque, vamos a ser sinceras:
¿Cuántas veces has dicho “sí” por no incomodar, por no desentonar, por no decepcionar, mientras por dentro se te caía el alma al suelo?

¿Cuántas veces has seguido en un trabajo, una relación, una ciudad, una idea… que ya no iba contigo, solo porque “ya estás aquí, ya qué más da”?

Eso no es amor.
Eso es abandono disfrazado de responsabilidad.
Eso es traicionarte para que nadie más se moleste.
Eso es querer gustar tanto fuera, que te dejas de gustar dentro.

Y luego vienen los síntomas:
El cansancio sin causa.
Las ganas de llorar sin motivo.
Las contracturas, los insomnios, el mal humor, la apatía…
Y tú pensando que lo que necesitas es más magnesio o cambiar de champú.

Spoiler: no es el champú.

Es el alma pidiéndote coherencia.

Porque vivir desconectada de ti es agotador.
Y lo peor es que lo normalizamos.

Lo llamamos madurez, compromiso, “es que la vida es así”.

Pero no, lo que pasa es que se nos ha olvidado que ser fiel a una misma también es una forma de quererse.

Ser coherente no significa que tengas todo claro.
Ni que no te equivoques.
Ni que seas siempre la misma.

Ser coherente es no traicionarte.
Es poder mirarte al espejo y reconocerte.
Es que no te dé vergüenza tu voz, tu cuerpo o tus decisiones.

Y ojo: no siempre es cómodo.

Porque ser coherente implica, muchas veces, decir “no” donde siempre decías “sí”.
Implica salirte del grupo.
Tener conversaciones incómodas.
Sostener el miedo a decepcionar.
Asumir que no vas a gustar a todo el mundo.

Pero hay algo mucho más importante: que te vuelvas a gustar tú.

Cuando vuelves a ti, aunque duela, aunque moleste, aunque te deje en silencio…
ahí empieza la paz.

Y no hablo de paz hippie, ni de poner incienso mientras haces respiraciones.
Hablo de esa sensación de estar en tu sitio.
De no tener que justificarte todo el rato.
De dejar de vivir desde la culpa o el personaje.

cansa sostener versiones que ya no van contigo

Hablo de poder quedarte sola contigo sin tener que distraerte.

Eso, amiga mía, es coherencia.
Y eso también es amor propio.
Del de verdad.
Del que no se nota en los selfies, pero sí en cómo duermes.

Así que no, no se trata de que te conviertas en alguien nuevo.
Se trata de que dejes de traicionarte para sostener lo que ya no va contigo.

Y sí, da miedo.
Porque la coherencia te obliga a tomar decisiones.
Y las decisiones, a veces, implican pérdida.
Pero también abren espacio.
Y en ese espacio, por fin, puede aparecer algo distinto.

¿La buena noticia?
Que cuando te eliges, aunque sea incómodo, aunque tiemble todo un poco…
la vida empieza a ponerse de tu lado.

Porque nada se ordena fuera si tú estás hecha un lío por dentro

Y ahora dime...

¿Cuántas veces más vas a traicionarte a ti misma por no “liarla”?
¿Cuántas veces vas a seguir diciendo “bueno, tampoco es para tanto” mientras tu cuerpo redacta una queja formal?

No hace falta que contestes aquí.
Pero quizás sí en la próxima decisión que tomes.

Y si dudas, pregúntate esto:

¿Esto que voy a hacer me representa o me disfraza?

Y si la respuesta pica… enhorabuena.
Ahí empieza el camino de vuelta a ti.

No hace falta que lo tengas todo claro.
Solo hace falta que empieces a escucharte de verdad.
Y que tengas el valor —aunque sea con miedo— de no irte más de ti.

Puedes salir de ahí.

No porque todo sea fácil, sino porque ya has vivido suficiente sabiendo que no es por ahí.
Y eso, créeme, también es fuerza.

 

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Hola, soy Laura Poveda, terapeuta emocional y sistémica. En Vitaminízate, mi newsletter, comparto contenido de valor y herramientas prácticas para ayudarte a reconectar contigo mism@, superar la dependencia emocional y cultivar tu amor propio.

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